¿Miedo a los cambios? (I)
Por: Aurora Morera
Publicado en CuerpoMente nº72, abril 1998
En ocasiones podemos sorprendernos a nosotros mismos repitiendo una y otra vez un mismo tipo de comportamiento “sin que podamos evitarlo”. Casi sin darnos cuenta y a pesar de nuestros esfuerzos por cambiarlo, “algo” nos empuja a experimentar situaciones que nos provocan viejas emociones, a adoptar conductas repetitivas que no nos satisfacen o a reproducir cierto tipo de relaciones insatisfactorias.
Nos percibimos movidos por impulsos que mantienen guiones en nuestras vidas y en realidad no estamos seguros de si nos gustan o no estos guiones ni qué es lo que nos empuja a mantenerlos. Con frecuencia tenemos miedo de que se reproduzcan irremediablemente situaciones dolorosas. Entonces, en un intento por enfrentarnos y desafiar todo esto, establecemos una lucha feroz con nosotros mismos y con nuestro ambiente y nos rebelamos, para finalmente darnos cuenta de que seguimos perdidos e insatisfechos. Muchos de nosotros tenemos confundido el límite entre lo que somos y los otros, entre nuestras necesidades y nuestro ambiente, y ya no sabemos cuántas de nuestras emociones nos pertenecen y de cuántas somos esclavos.
No hay cambio posible si no sabemos qué queremos cambiar. Y el conocimiento de nosotros mismos tarde o temprano nos lleva a mirar cómo son nuestras emociones y cuáles son los invisibles hilos que las mantienen ligadas a nuestra infancia. Durante estos primeros años aprendimos a manejarnos con situaciones tan básicas como la dependencia, la satisfacción, la frustración, la necesidad, el placer, la relación con las figuras de autoridad o la intimidad. Es la época en que nos formamos como personas, donde aprendimos las conductas que tan arraigadas parecen estar en nosotros.
Sin embargo, hemos de volver al legado familiar no para culpar a nuestros padres o quejarnos de nuestra realidad, sino para mirarnos con franqueza y honestidad. Parece evidente que, por un lado, “nos toca” un tipo de familia, un código genético, una herencia social y unas circunstancias en la vida. De alguna manera somos receptores de una serie de eventos que en principio están ahí y que nos suceden. Enfadarnos con las circunstancias o con lo que somos únicamente nos lleva a dispersar energía y atención. Mientras tanto, estaremos perdiendo la oportunidad de reconocernos, resituarnos y dar respuestas nuevas a nuevas situaciones.
Lo que está verdaderamente en nuestras manos no es tanto lo que somos o lo que nos sucede, sino lo que hacemos nosotros con ello. Nuestra libertad radica en una elección: permanecer inconscientes repitiendo ciclos familiares y personales o emprender el viaje al encuentro con nosotros mismos, en una aventura en la que no hay éxitos o fracasos, sino autodescubrimiento.
Esta es una búsqueda que nos puede llevar toda la vida, que a menudo nos sitúa en pasadizos resbaladizos, oscuros, caóticos o dolorosos y que siempre, cuando tomamos consciencia e integramos lo que descubrimos, nos lleva a sentirnos un poco más libres, más presentes, más responsables y creadores de nuestra vida.
(sigue)


Deja tu comentario